Las grandes urbes, como pocos otros contextos, ofrecen un escenario único para la manifestación y el diálogo de las identidades, tanto individuales como colectivas. Estas identidades se comprenden como la conciencia de ser uno mismo y, a la vez, distinto de los demás. Tanto el urbanismo como el análisis del paisaje lingüístico han abordado esta cuestión, buscando comprender cómo las identidades de las personas o de los grupos a los que pertenecen se desarrollan, se visibilizan y se entretejen dentro del espacio urbano.
Un ejemplo claro se encuentra en los estudios sobre el paisaje lingüístico urbano, que han examinado en detalle los procesos de re-territorialización y construcción identitaria en áreas donde se establecen comunidades migrantes en diversas ciudades europeas. Los migrantes aportan elementos de sus culturas de origen, fragmentos que, al interactuar con la cultura de acogida, propician la formación de una identidad híbrida que les permite desenvolverse en su nuevo entorno. El paisaje lingüístico, es decir, la presencia de signos lingüísticos en el dominio público, generado por estas comunidades, actúa como un indicador crucial de estos procesos de formación y reafirmación identitaria. Además, revela cómo estas comunidades definen su lugar en la sociedad anfitriona y expresan su vitalidad etnolingüística. Pensemos, por ejemplo, en la gastronomía, un componente fundamental del bagaje cultural migrante, omnipresente en el paisaje lingüístico de las ciudades (en sus restaurantes, comercios, mercados callejeros, etc.).
Por su parte, el urbanismo también ha investigado la conexión entre la ciudad y la identidad. Richard Sennett, al referirse a la identidad individual, postula que la experiencia urbana, con su complejidad inherente y las incertidumbres que puede suscitar, es esencial para el desarrollo de una identidad madura. Esta identidad permite a los individuos enfrentar situaciones imprevistas y aceptar la diversidad. Por ello, Sennett aboga por un urbanismo que impulse espacios de interacción entre personas desconocidas, abriendo así las ciudades al encuentro entre lo diverso.
Para ilustrar estas complejas relaciones entre el ámbito urbano y la identidad, y observar cómo se materializan en el tejido de la ciudad, consideraremos dos ejemplos extraídos de las calles de Madrid, específicamente de los distritos de Tetuán y Carabanchel.
En el distrito de Tetuán se observa, desde una perspectiva urbanística, una característica clave de las ciudades abiertas que describe Sennett: la existencia de una frontera porosa. Tetuán es un distrito marcadamente heterogéneo, donde coexisten realidades muy distintas. La calle de Bravo Murillo lo atraviesa longitudinalmente, dividiéndolo en dos: hacia la Plaza de Castilla se encuentran los barrios más prósperos (Castillejos y Cuatro Caminos), que se extienden hasta el Paseo de la Castellana. En la “margen izquierda” se ubican los barrios de corte más humilde, que conforman el Tetuán obrero (Bellas Vistas, Almenara, Valdeacederas y Berruguete). Se trata de dos entornos claramente diferenciados, paisajes opuestos que, si bien están conectados, también viven de espaldas el uno al otro. Como describió Ivonne Herrera Pineda en su tesis doctoral, son “dos espacialidades predominantes, conectadas por una tensión permanente que dinamiza una relación de desigualdad”. Aunque la movilidad entre ambas zonas es limitada, Bravo Murillo y sus vías adyacentes actúan como una frontera permeable donde los distintos grupos sociales confluyen. Los mercados de abastos (como el de Maravillas, San Enrique o Tetuán) son ejemplos de estos puntos de encuentro que permiten la interacción y el mestizaje de identidades.
En el distrito de Carabanchel, la dinámica urbana que facilita el contacto entre comunidades diversas es distinta: un antiguo polígono industrial en el barrio de San Isidro, que ya mostraba poca actividad a finales del siglo pasado, se ha transformado en un polo de atracción para una comunidad artística que se ha asentado gradualmente en la zona en las últimas décadas. Las fábricas en desuso han sido reconvertidas en estudios, talleres de artesanía, espacios creativos y centros de formación. Este cambio no solo afecta la función de los edificios, sino también el tejido social del distrito, al generar un punto de contacto entre dos comunidades con identidades muy dispares: la población tradicional del barrio, de origen humilde y obrero, y la comunidad artística, que comparte un bagaje cultural, códigos estéticos, de consumo y un estilo de vida homogéneos. Este encuentro, aunque no exento de fricciones, crea un espacio urbano que fomenta el contraste y la diversidad, abriendo la ciudad a relaciones entre grupos de personas muy diferentes. El paisaje lingüístico actual del barrio refleja las inquietudes, actividades e iniciativas de sus nuevos habitantes, coexistiendo con el paisaje generado por la población trabajadora que tradicionalmente lo ha ocupado. Las señales lingüísticas en el espacio público son, pues, indicadores explícitos de las identidades comunitarias que se encuentran en el mismo entorno urbano.
De lo expuesto se desprende la capacidad de “interpretar” los paisajes lingüísticos urbanos en relación con determinadas estrategias urbanísticas que buscan “abrir” la ciudad, es decir, fomentar el contacto entre grupos de personas diferentes. De este modo, las identidades (individuales y grupales) pueden confrontarse y enriquecerse en complejidad y riqueza.
English Translation: Urban Identities: Linguistic Landscapes and Urban Planning
Large cities, perhaps more than any other environment, provide a unique stage for the manifestation and interplay of individual and group identities. These identities are understood as the awareness of being oneself while also being distinct from others. Both urban planning and linguistic landscape analysis have delved into this concept, seeking to describe how the identities of individuals or the groups they belong to develop, become visible, and intertwine within the urban sphere.
For instance, studies on urban linguistic landscapes have meticulously detailed the processes of re-territorialization and identity reconstruction that emerge in areas where migrant communities settle in various European cities. Migrants bring with them fragments of their cultures of origin. These fragments, combined with elements from the host culture, enable them to forge a hybrid identity essential for navigating their new context. The linguistic landscape—referring to the presence of linguistic signs in public spaces—created by these communities becomes a crucial indicator of these identity-forming and reaffirming processes. Simultaneously, it illustrates how migrant communities define their presence in the host society and demonstrate their ethnolinguistic vitality. Consider food, for example, a primary component of migrants’ cultural heritage, which is ubiquitously present in cities’ linguistic landscapes (in their restaurants, grocery stores, street stalls, etc.).
Urban planning, for its part, has also addressed the relationship between the city and identity. Richard Sennett, discussing individual identity, posits that the urban experience, with its inherent complexity and potential for insecurity, is vital for the development of a mature identity. Such an identity allows individuals to confront unexpected situations and tolerate difference. Thus, he advocates for urban planning that fosters places of contact between strangers, thereby opening cities to encounters among diverse individuals.
To illustrate these abstract connections between the city and identity, and to see how they materialize within the urban fabric, we will examine two examples drawn from the streets of Madrid, specifically from the districts of Tetuán and Carabanchel.
In the Tetuán district, from an urban planning perspective, one finds a defining element of the “open cities” Sennett describes: a permeable frontier. Tetuán is a highly heterogeneous district, home to very diverse realities. Bravo Murillo street longitudinally divides the district into two: to its right, heading towards Plaza de Castilla, lie the more affluent neighborhoods (Castillejos and Cuatro Caminos), extending to Paseo de la Castellana. On the “left bank” are the humbler, working-class neighborhoods of Tetuán (Bellas Vistas, Almenara, Valdeacederas, and Berruguete). These are two distinctly differentiated realms, contrasting landscapes that, while connected, also largely exist back-to-back. As Ivonne Herrera Pineda described in her doctoral thesis, they are “two predominant spatialities, connected by a permanent tension that energizes a relationship of inequality.” Although mobility between the two zones is limited, Bravo Murillo (and its immediate surrounding streets) acts as a permeable boundary where different social groups intersect. Public markets (such as Mercado de Maravillas, San Enrique, or Tetuán), for instance, facilitate these interactions—these contacts between different groups—allowing identities to intermingle.
In the Carabanchel district, the urban dynamic promoting contact between diverse communities is different: an old industrial estate in the San Isidro neighborhood, which saw very little activity by the end of the last century, has become an attraction point for an artistic community that has gradually settled in the area over recent decades. Disused factories have changed their function, transforming into studios, artisan workshops, creative spaces, and training centers. This change also affects the social fabric of the district by bringing two communities with very distinct identities into contact: the traditional, humble, working-class population of the neighborhood and the artistic community, which shares a well-defined cultural background, along with homogeneous aesthetic and consumption codes and lifestyles. This encounter, though not without tensions, fosters an urban space that permits contrast and diversity, opening the city to relationships between very different groups of people. The linguistic landscape now displayed by the neighborhood reflects the concerns, activities, and initiatives of its new inhabitants, coexisting with the landscape produced by the working-class population that has traditionally occupied it. Public linguistic signs thus serve as explicit indicators of the community identities found within the same urban environment.
From what has been presented, it is clear that urban linguistic landscapes can be “read” in relation to specific urban planning practices aimed at “opening up” the city—that is, fostering contact between different groups of people. In this way, identities (individual and collective) can confront each other and grow in complexity and richness.
